LA GUERRA CONTRA TODOS (2)

Ben Hecht, fue uno de los guionistas con más éxito de Hollywood, a lo largo de casi cuatro décadas de carrera, por sus dedos pasaron guiones tan importantes como Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939) por citar uno de los más conocidos. Según sus cálculos escribió unos sesenta guiones entre piezas originales, adaptaciones y sobre todo trabajos como “médico de guiones”,en los que en más de una ocasión les sacó a otros las castañas del fuego y en los que no figura ni su nombre. Fue un guionista reconocido y pagado. Por encargos que le llevaban entre dos y ocho semanas podía recibir desde 50 a 125.000 dólares. En cierta ocasión le pidió a Howard Hughes (el magnate medio desquiciado cuya vida se reconstruye en la película El aviador) que le pagara todos los días mil dólares a las seis de la tarde, petición que fue cumplida a rajatabla.
Pero como todos los escritores que engordaron Hollywood, Hecht siempre guardó las distancias con la industria hasta el final de sus días,nunca consideró que lo que allí se hizo fuera arte, que hubiera sido honrado consigo mismo.
En 1951, casi 20 años después de haber empezado su carrera. Ante un Hollywood en pleno apogeo, enfilando el nuevo reto tecnológico y en competición desenfrenada frente a la televisión. Ante un ciudad que se le terciaba, a pesar del ruido, vacía y fantasmal, Hecht se planteaba contar cómo había sido su vida allí. “Cuenta la verdad”, le dijo una noche de borracheras David O. Selznick como un espectro del pasado que saliera para instarle a revelar un secreto que de una vez por todas debía ser dicho.
La verdad era construir las vidas de personajes que podían ser y no fueron, de traiciones a uno mismo, el sentirse culpables de haber contribuido a llevar una forma artística que derivó de convertirse en “el centro de una expresión humana” a una “industria-basura”. Porque lo que más le dolió a Hecht fue la falta de honradez de la industria. Grabados para siempre, para su tormento como artista, quedó el consejo que le dio su amigo y mentor Herman Mankiewicz cuando llegó a Hollywood en 1925.
Quiero advertirte que en una novela un héroe puede acostarse con diez chicas y al final casarse con una virgen. En una película eso no es posible. El héroe, al igual que la heroína, tiene que ser virgen. El villano puede acostarse con quien le dé la gana, divertirse todo lo que quiera estafando y robando, enriquecerse y azotar a los criados, pero al final tienes que matarlo. Cuando cae con una bala en la cabeza, te aconsejo que se agarre al tapiz gobelino colgado de la pared de la biblioteca, y que al caer, el tapiz le tape la cara como si fuera una mortaja simbólica.
Para Hecht, el cine “había introducido en la mente de los norteamericanos más información falsa en una noche que toda la Edad Media en una década”. Y él había colaborado en ello.
Como si de una película de aquella época se tratara, hagamos un fundido en negro, en otro punto de la historia, en otro lugar, centrándonos en un personaje fundamental de nuestra historia.
Atardece sobre Los Ángeles el 21 de enero de 1941. En su despacho, George Schaefer el máximo responsable de los estudios RKO está a punto de tomar una de las decisiones más importantes de la historia del cine. Luis B. Mayer otro de los capitostes de la industria fílmica había sido el mensajero: “Destruye esa película, reconoce públicamente que te equivocaste y no permitas esta loca aventura, que todo el mundo se olvide que alguna vez existió en celuloide la transposición fílmica de la vida de Hearst”. La oferta iba acompañada de algo inaudito hasta entonces, si Ciudadano Kane que había costado unos 636.000 dólares, no era estrenada, ellos le ofrecían 842.000 dólares por quemar los negativos.
Schaefer era un manojo de nervios aquella tarde. El dinero era lo de menos, enemistarse con toda la industria era lo de menos. No ha pasado a los anales de los registros históricos, pero probablemente Mayer cogió a parte al jefe de la RKO, o quizás solos ambos y cerca de él para que nadie les oyera, le transmitió el mensaje del terrible y poderoso magnate de la prensa “Querido amigo Schaefer, me ha dicho el señor Hearst que si queremos vida privada, él nos dará vida privada”. Si la película llegaba a ojos del público, William Randolph Hearst iba a echar tal carro de mierda sobre Hollywood, que no iba a quedar títere con cabeza.
Schaefer tenía poco tiempo, si el Consejo de Administración se enteraba de la dicotomía a la que estaba sometida la película, si conocían los pros y contras de su estreno, sabía de antemano cual iba a ser su respuesta. Tenía que tomar una decisión práctica, con la cabeza fría y sin ningún tipo de sentimentalismos.
Creía que lo que había hecho era bueno, magistral y que merecía la pena ser contado. A lo mejor no le caía ni siquiera bien, quizás pasaban el uno al lado del otro y ni se hablaban. Pero aquella película debía ser salvada, que en contra de lo que siempre creyó Ben Hecht, en esa industria podrida se debía construir un mundo en el que nada es ni blanco ni negro ,ni existe el triunfo de la virtud ni la derrota de la maldad. Que por contar aquello merecía la pena arruinar su carrera, la del estudio y si era necesario hundir el puto H
ollywood entero. A lo mejor al día siguiente Schaefer no pensaría así, quemando billetes en la piscina de su mansión, rodeado de poder y lujo. Que sería mejor enterrar aquella película y no reventar aquel cementerio de personajes reales, ambiguos, hechos de materia gris, ni tan malos ,ni tan buenos que por suerte popularon por aquel Hollywood de los años 30 y 40 dándole grandeza a aquel cine. A final se impuso la naturaleza humana y Hecht, que nunca fue consciente que contribuyó a ello, murió con una mentira en la boca. Schaefer, sabía que todos y el más que nadie, al final de nuestros días tenemos un Rosebud en la punta de nuestra boca y aquella película tenía que estar ahí, como testimonio de los que no son capaces de decirlo.




sansar dijo
pues, es una suerte que se salvara. Dios salve a Schaefer.
26 Noviembre 2007 | 07:03 PM