EL ARTE DE SABER MIRAR: KAFKA Y EL CINE
Si hay algo que se le ha reprochado al cine es el de ser el arte de lo efímero, eterno dependiente de la literatura, que ni siquiera da la posibilidad de aquel que tiene un libro en la mano, a imponer un ritmo, establecer un diálogo reflexivo entre el lector y lo leído. En definitiva ,se le ha achacado el ser un arte que nos impide leer las señales de su entorno. Se nos olvida que el cine es un todo, que nos absorbe y que obliga al espectador a traer su vida consigo, su realidad, sus sueños, para olvidarlos allí, cambiarlos por otros, en definitiva unir su existencia a esa otra realidad que es la de la pantalla. Es deber de quien crea una obra cinematográfica hacer pasar al espectador al otro lado, a esa “realidad cinematográfica” y hacer que sea devuelto después a veces violentamente a la suya propia, bien con distanciamiento, ironía y hasta en ocasiones fracasando de forma trágica.
Reprochamos a un arte que nos devuelve, como si fuera un espejo, nuestra imposibilidad de “mirar” señales, cuando esto es un defecto intrínseco a la mayoría de los seres humanos: Cerrarse a leer las realidades que tiene delante obstruyendo su conocimiento. Y es que conocer no es tener certezas, es tener “imaginación” para observar realidades. Incluso en un mundo tan metódico como el de la ciencia y en un momento en el que centramos nuestras energías en los inconmensurable del universo y en lo diminutamente cercano de lo atómico, en definitiva, en una situación en que la mayor parte del saber son incertidumbres y sobre todo hipótesis, el científico ideal, es el que está abierto a “leer” más que a negar lo que no puede “leer”.
Pocos como Kafka han sabido jugar con sus lectores a la hora de mirar más halla de la realidad. “La metamorfosis” se puede abordar como un relato fantástico de un hombre que se despierta convertido en un insecto o con la congoja y reflexión ante la angustia existencial que la descripción de este asombroso hecho provoca. Entre 1909 y 1911 Kafka junto a Max Brod, fue al cine tantas veces como le fue posible en Praga, Munich y París. Sólo cuando su amigo perdió el interés por el cine tras su matrimonio en 1911, también el escritor dejó de ir a las proyecciones. Pero el Séptimo Arte no empieza a aparecer en sus diarios hasta 1910 y lo hace con una frase premonitoria: “Los espectadores quedan petrificados cuando pasa el tren”.
Para Kafka autor, que le dejaran “mirar” era vital. Así, escribirá en su diario sobre el cine “No lo soporto, porque quizás soy de naturaleza demasiado óptica. Soy un hombre del ojo. Pero el cine entorpece el acto de mirar. La rapidez de los movimientos y el veloz cambio de las imágenes obliga al ser humano a abarcar todo con una sola mirada constantemente. Esta mirada no se forma con las imágenes si no que son éstas las que se apoderan de ella. Inundan la conciencia ,el cine significa vestir de uniforme el ojo, que hasta ahora estaba desnudo”.Kafka, observador de realidades intelectivas, intercambia los papeles con su amigo y se queja amargamente de que el cine le impide ver realidades inteligibles. Es Max Brod quien percibe señales que, incluso hoy, pensamos que un futuro serán realidad. Cuando los dos se sientan frente a la pantalla, será el amigo el que se convertirá en espectador entusiasta, aquel que desarrolla en su fantasía aquello que sucede en el cine, viendo en este arte la ampliación de los límites de la literatura. En el París de 1913, ante uno de los cines más grandes de aquella época, un Brod asombrado escribirá: “Me gustaría entrar una vez por casualidad en una calle donde se esté desarrollando una de estas escenas de cinematógrafo. ¡Cómo podría improvisar entonces! ¡Y en cualquier caso qué espectáculo!”, incongruentemente Brod imaginaba un cine interactivo ante un Kafka horrorizado ante el acontecimiento óptico y la velocidad, una película que pasa centelleante y le impide aprehender lo visto.
Para el escritor será demasiado tarde, a pesar de sus recelos, caería en el maleficio mágico que empezamos a sentir todos aquellos que nacimos en el siglo XX. Estamos en Munich, Brod y Kafka llevan consigo a una joven con la que recorren en coche la ciudad lluviosa, el escritor anota en su diario: “Lluvia, breve paseo en automóvil (20 min.). Perspectiva de sótano. El guía proclama los nombres de las atracciones turísticas invisibles, los neumáticos zumban sobre el asfalto mojado como el aparato del cinematógrafo. Lo que se ve con mayor claridad: las ventanas sin cortinas de Las Cuatro Estaciones, el reflejo de las lámparas sobre el asfalto, como en un río”.
Por entonces Kafka ,lo deseara o no, ya se había percibido así mismo como “una imagen en movimiento”.


Honey dijo
Por eso el cine que más me llega es el que deja espacio a las sugerencias, a la interiorización personal de lo acontecido, a la creatividad del espectador.
Por eso una película puede convertirse en millones, como el número de espectadores que la miran y la sienten.
Gracias por el post, Davichof.
Muchos besos.
7 Enero 2007 | 01:47 PM