LA PIEDAD DEL JURADO Nº 8
¿Por qué se nos va la pinza siempre que tenemos la oportunidad de administrar justicia?. Recuerdo una anécdota del colegio, la profesora ,bajo su supervisión claro, dejó la ley en manos de la plebe escolar. A un lado de la pizarra estaban las obligaciones y deberes, al otro los castigos, las sanciones si esas normas de convivencia eran incumplidas. Se implantan las pautas, cae el primer infractor: Escudero ,no deja a la maestra explicar porque esta todo el tiempo hablando con su compañero. 40 almas sin piedad van a administrar justicia y por votación unánime Escudero se queda sin recreo casi todo el año. Así que interviene la presidenta de la república de la clase y conmuta la pena por una sanción leve. La justicia del pueblo colegial se debió interrumpir al cabo de un mes, de haber continuado la maestra se hubiera quedado sola. Siempre hay que cubrirse en salud adjudicando culpabilidad, aliviando nuestros defectos con la arbitrariedad de aplicar a los demás un duro castigo. Y es que sea para bien o para mal de la justicia, la gente que ejecuta la ley también es humana.
Dicen los éticos teóricos que si no existieran las leyes habría que inventarlas, porque la ética no tiene sentido sin ley. Pero cabe preguntarse si mirando muy adentro, cada uno y cada una tenemos la suficiente ética para juzgar, desde luego yo no estoy preparado. Cuando entró la famosa Ley del jurado estaba dispuesto a declararme objetor si me llamaban, con todas sus consecuencias. Por mucho que despotriquemos contra las jueces, me parece una de las tareas más difíciles que hay. Probablemente Reginald Rose pensaba también así y cuando vivió la experiencia de ser jurado durante un juicio en Nueva York, le pareció tan inquietante, que escribiría una dramatización de todo lo acontecido. Así, 1954 los estadounidenses pudieron vivir a través de sus televisores, el terrible enfrentamiento del jurado nº 8 contra sus 11 oponentes por imponer la piedad y la razón.
Henry Fonda vio tanta calidad en el material de partida que empezó un tour por todos los estudios para conseguir llevar al cine la obra, pero ninguno vio posibilidades comerciales. Así que al final se la jugó junto con su mujer de entonces y decidió producirla por su cuenta. Como director escogió a Sydney Lumet, un director veterano de la televisión que tenía fama de trabajar rápido y barato. Y efectivamente ,el realizador cumplió con esas premisas (rodó la película en 22 días), pero además se implicó en el proyecto más de lo que de él se esperaba (no hay nada como que no crean en ti para ser eficaz), ensayó durante casi 2 semanas con los actores (algo inhabitual en el cine) y junto con el director de fotografía Boris Kaufman planificaron a fondo la luz, cada movimiento de cámara y sobre todo el aprovechamiento al máximo de un escenario (una sala de juicios real de Nueva York) que de por si no daba para mucho. De esta forma la película tiene el mérito de huir de la sensación de “teatro filmado” que tuvieron las versiones televisivas, incluida la ya famosa versión española de Estudio 1. En la película se palpita la tensión, el sudor, la sensación claustrofóbica…
Y es que será porque estoy hablando del Séptimo Arte, pero quiero romper aquí una lanza a favor de los actores de cine. Estoy harto de oír a los listos/as de siempre decir que un actor no es actor hasta que no hace teatro, puede ser. Pero esa cadena de desprecio que hay siempre me ha parecido absurda. Un actor o una actriz de cine se tienen que enfrentar a algo como un primer plano, donde la cámara te está pidiendo que te pongas como un coche deportivo de 0 a 200 en pocos segundos. El actor pude hacer trampas, cortar, volver otra vez, pero también sabe que si ha engañado a los demás, sino no ha puesto todos sus sentimientos, quedará grabado para siempre. Por otro lado, un actor o actriz de cine debe de tener muy presente su personaje, las películas raramente se ruedan en orden cronológico, así que representar un papel se convierte en un rompecabezas, que exige del intérprete acordarse con toda exactitud del matiz de sentimientos con que ha terminado la toma anterior. Todo esto es un trabajo callado, que exige profesionalidad, pero que a última estancia lo que se ve es la autenticidad y si decimos que unos actores y actrices de cine son mejores que otros, por algo será.
Para un película como esta, que iba a estar a caballo entre el plató y los escenarios, el reparto fue cuidadosamente escogido y al final, además del protagonista, fueron seleccionados 11 actores con amplia experiencia en el cine y en el teatro neoyorquino. Fonda, que siempre estuvo entre los que valoró mucho más el teatro que el cine, dijo que Doce hombres sin piedad fue lo más cerca que estuvo en un rodaje de la satisfacción que sentía al hacer una interpretación teatral. Aunque esta película tampoco fue rodada en orden cronológico, el actor creía que tal y como afrontó el papel ,lo hubiera podido interpretar perfectamente en un teatro.
Lo que siempre me llamó la atención de esta película, es que no solo tiene importancia la idea que defiendas, sino como la defiendes. Al margen de las ideologías que le hayan colgado al personaje que interpreta Fonda, entre las que destaca la etiqueta de liberal. La defensa de una buena idea, debe de ir acompañada de la razón, de argumentos, de no perder los estribos. Ni siquiera se debe de creer a fondo en ella. El Jurado nº 8 (ningún personaje de la película será llamado por su nombre), no pretende convencer a los demás de que el acusado es inocente, simplemente que la vida de una persona merece al menos una discusión, un diálogo, siquiera algo de piedad, un principio de duda.
Así, con serenidad va exponiendo los hechos, viendo que no todo es lo que parece y descubriendo otra versión de las pruebas (que vergonzosamente no habían sido valoradas convenientemente en el juicio), en vez de perder los estribos , el Jurado nº 8 responde con serenidad y razón a los embates del matón encarnado por Lee J. Cobb (José Bódalo en la versión española) guiado solo por el resentimiento que tiene hacía su hijo rebelde. Los argumentos de sus oponentes son tan básicos, estereotipados si, pero por desgracia, tan comunes hoy en día que son fáciles de desmontar: perjuicios, racismo, frustración, inseguridad personal…. Si combatiéramos todos los días estos y todos nuestros problemas cotidianos (esos nuestros pequeños grandes problemas) con serenidad y razón, sin oponer también la ira, la irreflexión,…Puede que así, todo fuera mejor, por lo menos en nuestro pequeño mundo y por extensión al resto.
Quizás a esta película le falte sutileza, pero por lo menos lleva a la reflexión. Con semejante premisa el batacazo estaba asegurado, Doce hombres sin piedad fue un fracaso en taquilla, tampoco triunfó en la noche de los Oscar, ni Lumet, ni Fonda, ni su mujer como co-productora consiguieron nada. Ninguno de los magníficos actores fue nominado. Con un coste de 340.000 dólares (muy poco para la época) la película no produjo ningún beneficio. De hecho nunca dio lo suficiente para pagar a Henry Fonda su salario aplazado. Él siempre se sintió orgulloso de su participación y la citaba junto con Las uvas de la ira (1940) e Incidente en Ox-Bow (1943) como lo mejor que había hecho en su vida. Quizás el jurado nº 8 se fue de aquella sala neoyorquina con la misma sensación.


Vade retro dijo
Una de las mayores virtudes que veo en ciertas manifestaciones artísticas, es que en algunos casos obligan a reflexionar (ejercicio poco habitual en la vorágine actual).
Creo que al igual que tú me sentiría incapaz de juzgar, tal vez se deba a que cuando niña veía como mi padre se pasaba las noches en vela intentando decidir acerca del destino de las personas...era juez...era lo que le tocaba.
Un beso Davichof.
13 Noviembre 2006 | 10:54 AM