VIAJAR...
Cuenta Manu Leguineche en una entrevista que los viajes que con más cariño recuerda son los de la infancia. Me pareció curioso que, para un tipo que ha estado en medio mundo (incluida la Antártica, ¿alguna vez iré?) ,las experiencia más evocadora son aquellas excursiones que hacía de niño en una España que ya sabemos todos como era en la década de los 50.
Mis padres hicieron algo que hoy a lo mejor es un disparate: Vendieron el piso que tenían , dieron la entrada para el siguiente y el resto del dinero lo gastaron en viajes con sus hijos. Mi padre llevaba desde los 17 años trabajando de maestro y mi madre había pasado toda su niñez y adolescencia en un colegio de monjas. Así que quisieron que a sus hijos no les pasara eso y conocieran España. Por aquella época mis padres estaban viviendo una segunda juventud, todavía permanecía la resaca de la Transición y a diferencia de mis amigos con hijos, que parece que el niño en vez de con un pan, ha venido con la llave de la cárcel, mis progenitores se lanzaron a salir de marcha, echar partidas de poker con los amigos, ir a manifestaciones (a las que me llevaban, creo que en mi vida habré ido a tantas), fumarse sus porritos y otras cosas que ellos sabrán y no me cuentan (una forma de entenderse a veces es también tener secretos), cuando uno las piezas del puzzle de aquellos años, creados en la niñez, y ahora que uno ha vivido algo más, pienso que cuando se les acabó esa juventud se les acabó la relación (para luego juntarse de nuevo en la madurez).
Nos tiramos así casi tres años viajando, en ocasiones eran viajes de un mes entero, en uno de ellos dimos literalmente la vuelta a España: Nos metimos por Valencia llegamos al Pirineo Catalán, pasamos al Aragonés , el Navarro, y llegamos por el por el oeste hasta Covadonga, nos faltó Galicia (que todavía sigue siendo mi asignatura pendiente), bajamos hasta Gibraltar y cruzamos a Ceuta, para volver a casa, total un mes y medio. Y aunque mi hermana y yo éramos muy pequeños, es raro que no evoquemos cuando estamos juntos aquellos viajes, desmenucemos anécdotas, en fin, aburramos a cualquiera si tiene la mala suerte de estar allí cuando alguno de los dos tiramos del hilo de aquellos recuerdos. Nunca en hoteles, la Mary Jower siempre cuenta de cachondeo que sus mejores amigas de la infancia las conoció en los campings, mis padres siempre sabían a donde iban pero no descartaban la aventura, nos pasó de todo: Casi nos lleva una riada en un camping como en Bisecas, estuvimos en pueblos perdidos en los que solo había dos habitantes (y recuerdo que estaban peleados por quien custodiaba la llave de la iglesia, años después, de casualidad me enteré que uno de ellos murió y el otro estaba angustiado, supongo que por primera vez sintió la soledad), me acuerdo de un pastor en el Pirineo que sólo sabía hablar aranés…Encontramos gente de todo tipo, amable y que nos hicieron perrerías, tanto en el norte como en el sur. Tengo más guardado en la memoria, las iglesias de San Clemente de Taull, las calles de Santillana del Mar, los cortados de Ordesa (en donde nos cayó la peor granizada que he visto en mi vida), los Lagos de Covadonga, el Teatro de Mérida (entonces no sabía ni donde estaba, ni su valor, reminiscencia de creer que una máquina del tiempo me había llevado al pasado), las apretadas calles de Ceuta y su puerto….Recuerdo todo ello, mejor que cualquier cosa que hiciera ayer.
Luego han venido muchos viajes, de todo tipo: la aventura de salir con cuatro duros, un coche y los amigotes de siempre hasta donde se llegara (y encima volvíamos con dinero que era lo gracioso), ir con pareja, otras parejas (viajes de alto riesgo), viajes al extranjero, a ciudades reseñadas, excursiones por montañas…Pero quizás como dice Leguineche el viaje que haces en la infancia es distinto a todos porque a la vez que viajas descubres (que no es lo mismo que cuando eres adulto contrastas y te sorprendes) y eso no se olvida nunca.



Vade retro dijo
Viajar me parece fascinante y estoy de acuerdo contigo en lo de que en la infancia es cuando tienes la suerte de descubrir además de conocer.
A lo mejor los años hacen que con prejuicios contrastemos, pero creo que esa capacidad inmensa de sorprendernos habla también del niño que llevamos dentro y que ojalá nunca abandonemos.
Un beso.
7 Noviembre 2006 | 07:21 PM