EL HORROR, EL HORROR
En su libro Cuerdo entre locos, la psicóloga estadounidense Lauren Slater, narra el experimento llevado a cabo en la década de los 60 por otro colega suyo, Stanley Milgram. Éste, estaba obsesionado con el hecho de que los SS hubieran asesinado a millones de personas sin cuestionar las órdenes de sus superiores. Así que para estudiar los mecanismos de la obediencia a la autoridad, ideó un tremendo experimento que, como veremos más tarde, tuvo todavía desarrollo y conclusiones más terribles. Milgram alquiló un local fuera de la universidad de Yale y contrató a un actor que interpretaba el papel de víctima, fabricó una silla eléctrica falsa y publicó un anuncio en el periódico pidiendo voluntarios para una investigación científica, a los que se presentaran les pagaría 4 dólares.
El individuo llegaba a la misma vez que el actor, y Milgram (con bata blanca) les explicaba el ensayo: Se sorteaban los papeles, uno sería el alumno a prueba y otro aplicaría los castigos cuando hubiera error. El sorteo para el reparto de roles estaba amañado y al actor siempre le tocaba el papel de víctima. Éste, en una habitación separada de la principal por una mampara de cristal, se sentaba en la silla eléctrica falsa, donde era atado. El voluntario tenía ante sí un panel de mandos que enviaban descargas eléctricas de menos a más intensidad, que aplicaba según quisiera. El juego consistía en parejas de palabras, a cada fallo del actor ,el voluntario le aplicaba una descarga. Así hasta que el individuo se negara a continuar o hasta que se llegara el final. Llegados a este punto, y terminada la explicación de las líneas del experimento por parte del tipo de la bata, y con el pobre individuo atado a una silla eléctrica, uno debería excusarse con ir al servicio, o a coger algo, abrir la puerta y salir por patas para llegar a la primera comisaría de policía a denunciar a Milgram, en un estado casi catatónico, porque puedan ocurrir cosas así, a la vuelta de la esquina, al lado de tu casa. Lo terrible, lo que a mi me pone los pelos de punta, es que hubo gente que aceptó, que se prestó a aquello, un montón de gente que en frío diría que jamás haría tal cosa, no tuvo ningún reparo en dar tormento, sufrimiento a aquel pobre hombre, porque se lo ordenaba un tipo con una bata. Entre un 62 y un 65% de personas llegaron hasta el final del juego y algunos se ensañaron hasta tal punto (recordemos que el voluntario tenía una palanca para dar intensidad eléctrica a placer) que el actor tuvo que disimular muchas veces su muerte. Espantoso.
Cualquier tirano cruel sabe que la disposición de mandar raramente es más que la de obedecer. Y mientras el ser humano no elimine esa disposición ciega de llegar hasta el final en una orden, de no oponerse hasta la ultima gota de su ser, frente a algo irracional, que atente contra los principios más básicos de otros seres humanos, entonces la especie humana no será todavía racional, y si esto no es así, que acuda en nuestra ayuda a rescatarnos, la ética, la moral, la filosofía, la política, la psicología…las que sean o todas a la vez, ya que el homo sapiens todavía no está acabado ni perfilado, porque si es que se creen que saturarnos de tecnología es avanzar, la llevamos clara. Ojalá nunca seamos los zombis irracionales del experimento de Milgram, ojalá tengamos la fuerza interior dentro de nuestra alma, para gritarnos a tiempo y despertar, antes de que el eco nos devuelva las palabras que el coronel Kurtz pronunciaba al final de Apocalypse Now: “El horror, el horror”


Vade retro dijo
Soy una convencida de que el no cuestionar órdenes esconde la cobardía de no querer asumir las consecuencias de un acto que ha llevado a la frustración.
8 Octubre 2006 | 08:36 PM