EL ARTE DE VIVIR SEGÚN KUROSAWA
“Un hombre que se suicida siempre tiene una razón que llevarse a la tumba, así que no trates de descubrirla” le contestó de forma enigmática Akiro Kurosawa a su sobrino, le faltó añadir “deja que las olas traigan, el mensaje que en una botella dejé hace tiempo”. Aquella mañana del 22 de diciembre de 1971, el director se levantó para ir al cuarto de baño, abre el grifo al máximo, toma la navaja de afeitar y se corta la garganta seis veces y las muñecas ocho.
Por suerte la asistenta oyó el ruido estridente del agua, cuyo caudal Kurosawa había forzado para que su familia no viera ningún rastro de sangre, e irrumpe en el aseo justo a tiempo para encontrarse el pastel. La pobre mujer, despertó a los demás y entre todos consiguieran vendarle los cortes. Ya en el hospital, los médicos dijeron que estaba grave, pero iba a vivir...
Desde que rodara en 1970 El camino de la vida ,la crisis que sufría el cine japonés y que afectaba sobre todo a los directores clásicos (la muerte libró a Ozu y Mizoguchi de pasar aquel bache) le estaba desangrando el alma. Para un director que contestaba “La siguiente” a la pregunta de cual era su mejor película, su “obra maestra” era seguir en la brecha. Aparentemente parecía quitarse el gusanillo, aceptando algunas de las ofertas que periódicamente le ofrecían para rodar documentales, pero aquello no era suficiente, o por lo menos no lo fue aquella trágica mañana en la que el director ,en teoría, debía prepararse para continuar rodando un documental sobre caballos titulado Uma no uta.
No entendí como la persona que hizo una de las películas de la historia que mejor describe la diferencia entre vivir y existir, un día, decidiera abandonar, tirar la toalla.
Vivir (1952) empieza con una placa de rayos X, la voz en off nos dice que la radiografía pertenece la protagonista de la película Kanji Watanabe (el actor Takashi Shimura), y rebela que se está muriendo, que tiene un cáncer de estómago que acabará con él en poco tiempo. El encadenado de secuencias siguientes nos define al personaje de Watanabe, se trata de esos burócratas que no se cansan de repetir: “Venga usted mañana”, “Se acabó el plazo”, “Le falta un papel”, “El jefe no está”. En algún momento de su vida ,nuestro personaje creyó muy cómodo meterse en un engranaje, ir quitándose responsabilidades de encima e importarle muy poco querer y que le quieran.
Inicialmente, en el guión que empezaron a escribir Kurosawa y Shinobu Hashimoto, el personaje de Watanabe no era un funcionario, tenían en mente un artista e incluso que fuera un gangster, un yakuza. Fue la entrada de un tercer guionista Hideo Oguni, lo que revolucionó completamente el libreto original.
El tándem formado por Oguni y Kurosawa quizás haya sido uno de los más felices y creativos de la historia del cine, aunque la última película que firmarían juntos sería Ran (1985), Kurosawa contó con Oguni hasta su muerte en 1996 a los 92 años. Como todos los matrimonios creativos ,tendrían sus picos y sus valles, pero Kurosawa se fiaba del instinto de este guionista por encima de cualquier cosa, a pesar incluso de que éste estuviera considerado en el mundillo como un “escritor de alquiler”: “Yo escribo el guión como un escritor-director, pero Oguni es como un navegante. Me impide ir en la dirección equivocada y me vuelve a poner en el buen camino”. Oguni cambió totalmente la estructura del guión, convirtió a Watanabe en un funcionario, e ideó la historia de manera que éste muriera en medio de la película.
Hasta ese punto de inflexión el recorrido por la película se puede hacer siguiendo una senda de escenas, que dependiendo de la situación personal de cada uno, dejaran más o menos rastro. Un médico que no es capaz de mirar a los ojos de su paciente cuando le pide que no le mienta y le diga que se va a morir, aquellas que recrean la triste atmósfera en la que siempre podemos caer si nos dejamos llevar por la presencia de la muerte: Una cámara situada fuera, justo delante de la puerta con cortinas, va penetrando dentro de la estancia a la vez que entran parejas atraídas por la canción, la pieza se va llenando y de pronto,
Watanabe se pone a cantar con una entonación extraña, pero lo más curioso es que una a una las parejas van dejando de bailar, hasta que al final la pista esta vacía, o aquella en la que Watannabe sin decir nada ,sólo mirándole a los ojos, ofreciendo esa mira que el medico le había negado, le hace comprender a su compañero de farras (un escritor de novelas baratas interpretado por el actor Yonosuke Ito) que va a morir. O ese encadenado de flashback en los que Watannabe evoca los momentos más duros, pero también los más tiernos pasados con su hijo: “¡Rápido! Madre nos está dejando atrás” grita el angustiado retoño tras el coche fúnebre de su progenitora.
“Me asustaba de verdad su poderosa interpretación”. Dijo la actriz Miki Odagiri, que en la película encarna a la compañera de trabajo con la que Watanabe intenta revitalizar su existencia. Estudiante en una compañía teatral de Tokio, obtuvo el papel por una circunstancia que parece ser “bastante corriente” en el mundo del espectáculo, acompañar a un amigo/a a una audición y quedarte tú con el personaje. P
ero no fue la inexperiencia de Odagiri frente al veterano Shimura lo que la cohibía, era la forma en que éste estaba viviendo el papel, lo que no sabía la joven actriz, es que el actor estaba en realidad enfermo. Según cuenta Stuart Galbraith en su genial libro El emperador y el lobo, cuando Shimura empieza el rodaje sentía molestias en el ciego, habló con Kurosawa y aunque el actor no quería, fue operado. Cuando salió del hospital empezó a perder peso, o a ganarlo y a padecer durante toda la película molestias. La cuestión es que estaba interpretando a un hombre con cáncer de estómago y el propio Shimura no se sentía tampoco bien, al final del rodaje tuvo que volver a medicarse y le diagnosticaron inflamación estomacal. Condicionado o no por su enfermedad, para muchos que habían seguido su carrera en Japón, la interpretación de Watanabe fue la mejor de su vida, una vida dedicada a la actuación, que empezó cuando con 24 años fundó su propia compañía teatral, convirtiéndose en profesional al año siguiente. En 1935 debutó en el mundo del cine y desde entonces hizo de todo: musicales, interpretó a gángster en películas negras e incluso hizo de científico en la película original de Gozila. Shimura ya sabía de Kurosawa, porque había interpretado guiones suyos y desde la mutua admiración que se tenían, se cayeron bien desde el principio, durante el rodaje el director llamaba cariñosamente a Shimura Oiji-Chan (querido tío).
¿Es nuestra vida ir saltando entre metáforas, hasta encontrar aquella que nos explique ,que nos resuelva?. Porque si es así, un parque, es tan buena como otra cualquiera. A veces para encontrar esa metáfora se debe pagar un alto coste, como le ocurre al personaje que interpreta Benicio del Toro en Traffic (2001), sólo un lugar donde los niños “puedan jugar al béisbol”, es el único precio que pide, a cambio, delatará a uno de los cárteles de la droga más importantes de México. Sabe que su suerte está echada, pero asqueado de la vida, harto como está de ver tanta mierda y corrupción, pone su vida en bandeja a cambio de una alegoría. Nuestro señor Watanabe no iba a ser menos y cuando queda media hora para que termine la película, en un momento en que existir supone algo más doloroso que enfrentarse a la muerte ,como si de una cometa se tratara, corre tras la misma ilusión que un desencantado policía de los suburbios de México, la lucha por encontrar esa metáfora va a ser lo que le devolverá la vida. Es en el momento en que los espectadores nos preguntamos cómo lo conseguirá ,cuando la narración se interrumpe y la siguiente secuencia se abre con el funeral del señor Watanabe.
Rodar la escena con la que ha pasado a la historia esta película tuvo que ser complicado. No me refiero a enrevesados traveling, a contrapicados extraños, el uso de efectos especiales innovadores, o una embrollada escena de coordinación de masas. La cámara está fija y el señor Watanabe canta una canción ,mientras se balancea sereno en uno de los columpios de su parque. Ese que ha conseguido después de arrastrarse de mendigar por mil y un despachos, de aguantar incluso la amenaza de un yakuza (“¿Es que no valora usted su vida?” le dice el hampón, que queda finalmente desarmado por la actitud sorprendente de un anciano que se limita a sonreírle con cara divertida). La secuencia de la que hablo, parece amasada con recuerdos ,tejida por el hilo de lo intemporal, salida de un libro de Juan Rulfo. Incluso Shimura, que hasta entonces se había enfrentado a todos los retos que le había planteado Kurosawa, no sabe como enfocarla. El actor conocía la canción de La Góndola desde su juventud, pero en aquella escena no sabía, no encontraba el tono, hasta que el director le dio la solución: “Canta esta canción como si fueras un extraño en un mundo en el que nadie cree que existes”.
Cuando leí esta frase ,pensé en aquella fatídica mañana del 22 de diciembre y en que, como si de una montaña que de golpe se erosionara, aquel día brotó, para quedarse fastidiosamente, ese estado de ánimo que el director resumió en una frase para ayudar a su amigo Shimura, ese sentirse "extraño en mundo que nadie cree que existes" que el señor Watanabe espantó mientras cantaba victorioso frente a su gran obra y que Kurosawa se quitaría entonando canciones tan maravillosas como Dersu Uzala ,Kagemusha o Ran.


Eli dijo
Pues sí aterra que n genio , con ese talento quiera acabara así , autodestruyéndose, ya ves, supongo que en ese momento no v ería luz, estaría sufriendo , hace poco escribí sobre el suicidio y pmientras escíbía iba llegando a esas conclusiones, que nadie se quiere morir en sí, si no terminar ccon el sufrimiento.
Beuno uyna suerte que consiguieran salvarle...
Admiro a ese hombre sobre todo em gustó , Dersu Urzala.
Besotes y sigue escribien do que o haces muy bien.
17 Septiembre 2006 | 08:16 PM