BUÑUEL FRENTE A SADE (3)

A los 19 años Sade llega a sus dominios, después de haber acabado la guerra, sin haber pegado un tiro y con el grado de capitán. Esta en la cúspide de su reconocimiento social y cree cambiar la opinión de su padre y poder casarse con Laure un mes antes de la pactada boda. Al carajo sus sentimiento, había muchos intereses económicos en juego y el padre no se mueve ni centímetro de su posición. Sade por fin acepta la situación y se casa el 17 de mayo de 1963. De entrada, a pesar de que es un matrimonio impuesto, existe una buena relación con su mujer aunque irónicamente la ve demasiado “fría y devota”. Pero lo más increíble es que se lleva estupendamente con su suegra, con la que luego, tras los acontecimientos venideros, se llevará a matar, en aquella época lo llamará “mi yernecito” y lo ve como un chico pillo y atolondrado al que el casamiento conseguirá asentarle la cabeza. Pero el “yernecito” tenía ya otros planes para pasárselo bien que iban mucho más halla de lo que pudieran imaginarse su mujer, su suegra y todos aquellos que lo rodeaban.
El 19 de octubre de 1763 (unos mesecillos después de la boda de Sade) ante el consejero del rey y un auxiliar del inspector de policía Louis Marais, declara una obrera de abanicos de veinte años llamada Jeanne Testard. Cuenta que fue abordada por una prostituta, una tal Du Rameau (el apellido le va como anillo al dedo) que le propuso una cita con un particular por dos luises de oro. Una vez que la chica acepta, es conducida por una carroza hasta una casa donde es subida a una habitación y allí, el desconocido echa el cerrojo, quedando los dos solos. Lo que describió a continuación no puede ser más grotesco y extraño. Durante la noche que la muchacha pasa con el extraño personaje ,este dice que Dios no existe, lo insulta y “se manualiza” en palabras de ella ,sobre un cáliz que había obtenido de una capilla improvisada, le cuenta historias de sexo en una iglesia, la lleva a una habitación con figuras de santos donde el desconocido le pide que le azote y le aplique un alambre con fuego (en su declaración ella dijo que se negó), decepcionado el extraño individuo se masturba sobre uno de los cristos colgados sobre la pared y pisotea otro, al final de la noche después de habérsela pasado leyendo versos obscenos, le pide que mantengan con él una relación “contra natura” (o sea penetración anal, cosa que la muchacha en la declaración se cuida mucho de decir si se llevó a cabo porque se estaba jugando el pellejo, la sodomización estaba penada con la muerte en aquella época). Finalmente la chica sale escandalizada prometiéndole al desconocido que volverá otro día, para a renglón seguido ir al día siguiente a declarar. Sobra decir que el extraño individuo no era otro que el Sade.

Siempre ha encantado la naturaleza anticlerical de la obra del marqués, eso de que sus personajes negaran a Dios y blasfemaran e injuriaran a la religión e incluso se retara a ambos, de una forma parecida a algo así como decir “Hago actos obscenos, si tú eres Dios véngate”. He descrito un poco con todo detalle este episodio, que he resumido, para señalar como dice Berthier que la obra de Sade y su vida se confunden y la una influye en la otra y viceversa. Todas estas reacciones violentas y de profanación contra la religión en la forma de comportarse de Sade, que luego se reflejaron en su obra, es una explosión de situaciones que se habían hecho insoportables y que Sade (que no creo que fuera el único) llevó a unos límites extremos.
No es fácil enfrentarse ante Sade, porque te hace reflexionar hasta donde llegan las fronteras de la trasgresión. Si vemos por otro lado que la iglesia, y concretamente la católica (y últimamente más la musulmana) ha hecho gala de una intolerancia absoluta a lo largo de la historia y que siempre que ha podido influir en la moral de la sociedad jamás ha respetado a los que no siguen sus credos, a su manera ha sido transgresora, en un sentido contrario. En un contexto de enfrentamiento, que no comparto, Sade estaría en primera línea y su postura, muy atrayente, sería la de tirar piedras y confundir la protesta con el placer que le produce tirarlas. Se puede ser crítico, se puede (se debe) ignorar los preceptos absolutos y crear unos más humanos, racionales, consecuentes y que hagan al ser humano más libre, pero siempre he pensado, por ejemplo, que no ser religioso, que no admitir que te impongan unos dogmas sea pajotearse sobre un cáliz. Por otro lado, cuando Sade fue denunciado por todo lo que he descrito a continuación, se estaba jugando el pellejo, los del otro bando no se andaban con tonterías y eran mucho más intolerantes y radicales, el sacrilegio estaba penado con la muerte, y lo que hizo le pudo haber costado la vida, sino no hubiera sido un noble, claro.

Intelectuales como los Surrealistas y con ellos Buñuel se vieron seducidos por Sade. El director aragonés cuenta en sus memorias como tras leer su obra estaba peleado por sus maestros porque todo lo que había leído anteriormente no le había servido de nada y que todo el tiempo que había pasado sin leer a Sade era tiempo perdido. Los surrealistas al igual que Sade querían poner la conciencia y la moral burguesa a prueba e incluso la de las mentes más liberales, llegando a situaciones extrañas por escandalosas o escandalosas por extrañas. Frases como las que dice un personaje de la obra de Sade “Para reunir el incesto, el adulterio, la sodomía y el sacrilegio, él monta a su hija casada usando una hostia”, bien podría haber aparecido en la obra de cualquier surrealista. Buñuel más recatado en lo moral, siempre se quedó con la parte impía de la obra de Sade, esa parte que se revela contra lo divino y lo sagrado y renunció a sus excesos carnales (que ya se encargó el cine porno, sin ningún planteamiento, de rescatar)
Tras el asunto con la obrera de abanicos, y tras el consiguiente escándalo, Sade pasa la primera temporada en prisión de su vida, por supuesto el peso de la influencia y el nombre de su familia harían que fuera puesto pronto en libertad. Pero a mí lo que me interesa más en este momento contar, es la curiosa figura del inspector Marais ,que era el jefe de la brigada mundana, el cual tenía la misión bastante curiosa de observar a las actrices, bailarinas, cantantes y además tenía que estar al corriente de todos los líos que había entorno a este mundo. Marais era una mezcla entre policía, espía y Jesús Mariñas. Su oficio haría las delicias de quien se quisiera enterar de los chismorreos y follones de cama de los más importantes e ilustres personajes de aquella época: secretos ,costumbres sexuales o amantes inconfesables. Por entonces, todo el mundo se acostaba con todo quisque, las amantes pasaban de unos a otros, las actrices se convertían en mantenidas y la fidelidad conyugal duraba menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Y Marais lo sabía todo y además tenía que dar cuenta por obligación (¡Ser un cotilla era su trabajo!). Sus informes son curiosísimos, porque cosas que normalmente estamos acostumbrados a ver tratadas de forma frívola, son redactadas con absoluta seriedad. Pero Marais llegaba mucho más lejos, tenía carta blanca para espiar a quien quisiera y no respetar en absoluto su intimidad, por otra parte no se priva de poner comentarios personales. Así, de una de las amantes de Sade, una tal Colette, dice: “Vive en la calle Courteauvilain y hay pocas mujeres que tengan un guardarropa tan bien provisto. En su casa, se la encuentra siempre seductoramente cuidada, con los vestidos de interior más galantes y nadie sabe mejor que ella hacer valer su figura. Se la considera hoy como una de nuestras mujeres más bonitas y hasta se piensa que es bastante fiel a sus amantes. Sin embargo estoy seguro de que no niega nada a su temperamento, que es muy vivo a pesar de su airecillo reservado, pues el marqués de Lauvois partió el miércoles pasado para su regimiento y la misma noche ella se acostó con el caballero de la Tour, reconocido por todas las bellas como un verdadero garañón”. Desconozco por mi enorme ignorancia si Marais, publicó sus memorias, que serían increíbles. Sus informes policiales quedaron registrados en el Diario de los inspectores del señor de Sartine (un libro gordísimo y que supongo que no tiene nada que envidiar de las obras de Sade) y que el propio señor de Sartine, ministro, lo iba suministrando en entregas al rey que se lo pasaba bomba leyéndolo. En eso quedaba por tanto la labor de Marais, proporcionarle a su rey una especie de Hola, pero más heavy, con todo el pindongueo que había en París.

Después del escándalo, todos los líos de Sade los sabemos por Marais, lo tiene totalmente controlado y es uno de sus favoritos, apunta hasta los polvos que echa: “Se acostó dos veces con ella” dice en uno de los informes, respecto a la relación que tuvo el marqués con la tal Colette. Y si no le espía Marais lo espía su suegra, que insistentemente le manda cartas al abate Sade, el cual también tiene sus líos de falda por ahí, pero cínicamente se dedica a criticar su sobrino. Sade es consciente de la hipocresía que le rodea y le canta las cuarenta a su suegra: “Perdóneme usted mis defectos, pero es el espíritu de familia lo que me domina y si debo reprocharme algo es haber tenido la desgracia de haber nacido en ella. Dios me guarde de todas las ridiculeces y vicios que abundan en mi familia. Me creería casi virtuoso si Dios me hiciera la gracia de que yo adoptara sólo una parte de ellos”.
Desde el escándalo hasta la muerte de su padre en 1767 Sade no para de tener amantes y de darle trabajo a Marais, a algunas de ellas las exhibe públicamente y gasta a manos llenas. Pero en ese año, su vida cambia un poco, por varias cosas. La primera es que retoma el servicio de las armas en abril y la segunda es que en agosto nace su hijo, pese a que va saltando de cama en cama, también tiene tiempo para estar con su mujer. De cómo Sade ve a su esposa legítima, da cuenta su tío en una carta dirigida a su suegra ,creo que sobran los comentarios: “Se da cuenta de lo que vale, me hizo los mayores elogios, siente amistad y mucho respeto por ella, pero la halla demasiado fría y devota para él y eso hace que busque diversiones en otras mujeres”. Supongo que Renée de Montreuil (la mujer de Sade, si os habéis perdido entre tanto nombre) y el marqués, hubieran vivido mejor en un mundo en el que nadie les hubiera obligado a casarse. A finales de ese mismo año, Marais, que no se fía ni un pelo de que todos estos cambios vayan a sentar la cabeza de Sade, apunta malévolamente en su informe: “No pasará mucho tiempo sin que se oiga hablar de los horrores del señor de Sade”.


tara dijo
Hace mucho tiempo leí una biografia de sade,impresionante!lo pones de maravilla,lo recordé todo y mira que hace tiempo que leí,sobre el marqués.Un abrazo
19 Junio 2006 | 11:52 AM