LA CAZA DE BRUJAS (1)
En el libro La nausea, de Jean-Paul Sartre, el personaje central cuenta una historia (muy corta, no preocuparse) que no tiene desperdicio: “En 1787, en una posada cerca de Moulins, moría un viejo amigo de Diderot, formado por los filósofos. Los sacerdotes de los alrededores estaban extenuados: lo habían intentado todo en vano; el buen hombre no quería los últimos sacramentos; era panteísta (que es la doctrina que identifica a Dios con el mundo, potenciando uno u otro concepto. Pueblos como los Egipcios eran panteístas y politeístas: sus dioses eran el sol, la luna, los animales, el faraón...). El señor de Rollebon, que pasaba por allí y no creía en nada, apostó con el cura de Moulins que le bastarían dos horas para convertir al enfermo. El cura aceptó la apuesta y perdió: la tarea empezó a las tres de la mañana, el enfermo se confesó a las cinco y murió a las siete -¿Es usted tan hábil en el arte de la disputa?- preguntó el cura - ¡Aventaja a los nuestros! – No he disputado –respondió Rollebon- le he hecho temer el infierno”. El protagonista del libro nos habla de esta anécdota para destacar las grandes cualidades del tal Rollebon ,un personaje histórico increíble, que para muchos pasó desapercibido y cuya biografía está escribiendo. El jodido tipo supo tocar la tecla adecuada: Paradójicamente los seres humanos tenemos más tendencia a movernos por los temores infundidos (absurdos e imaginarios) que cualquiera nos meta, que por esperanzas. Así que no es de extrañar que a lo largo de la historia estos temores individuales, han dado lugar a histerias colectivas de catastróficos resultados. Cualquier capullo que vaya por ahí metiendo miedo es capaz de convencernos mucho más fácilmente que aquel que da ideas, soluciones, sin pararnos a pensar que el temor es lo que mata la ilusión, la libertad, la creatividad....la expresión artística.

Y es que alguien que no tiene una mente abierta, encorsetada, puede haber escrito mil libros, que no habrá hecho arte, sino guías telefónicas. Que luego ,cuando deja el pincel, el bolígrafo o la cámara, quiere dejar esa personalidad allí y convertirse en alguien normal, con una ideología, ese ya es otro cantar. La mayoría de las veces se ha producido una simbiosis entre el creador y la persona. Es raro ,además, que, amparado en cualquier brote de intolerancia, se diera una persecución y en ella no cayeran un buen puñado de creadores y de genios, con el consecuente bajón del nivel cultural y científico (por esa extraña unión que une creación y ciencia).
La caza de Brujas, o sea ,la persecución que se llevó a cabo contra la izquierda o más concretamente contra los comunistas, durante los años 50 en Estados Unidos no fue una excepción. Si algo había enriquecido el cine americano durante la mejor época que ha tenido en su historia (los años 30, 40 y 50), a parte de que la gente iba en tromba al cine que se producía, es la incorporación masiva de personas procedentes de Europa y otros países, que aportaron una cantidad de ideas y calidad impresionante en todos los sentidos. La gran mayoría habían venido huidos de sus lugares de origen: la Alemania nazi, la Italia Fascista, o incluso de la Unión Soviética descontentos con el rumbo que estaba tomando la revolución. Muchos de ellos vinieron simplemente porque en Estados Unidos tenían más posibilidad de hacer un cine de más calidad o materializar proyectos que no podían llevar cabo en sus países. El hundimiento de los estudios UFA alemanes y el apoderamiento de éstos por los nazis para convertirlos en una aparato de propaganda, había provocado una huída masiva de actores, directores, guionistas y técnicos no solo alemanes, sino de centro Europa y países nórdicos, gente que se había curtido allí durante los años del Expresionismo alemán.
Prácticamente casi todos los directores de renombre europeos hicieron una tour por los Estados Unidos y rodaron una o dos películas, a algunos como Jaques Torneau o William Wyler (que es de origen francés) les gustó el sistema y se quedaron, otros no se sintieron a gusto en la encorsetada forma de trabajar de los norteamericanos y volvieron a sus país de origen como Max Ophül o Jean Renoir. Todos sabemos de sobra que hasta el europeo más reaccionario es un liberal en comparación con el ciudadano medio americano. Muchos de estos inmigrantes fueron las primeras víctimas en caer cuando en Estados Unidos se extendió la histeria colectiva derivada del absurdo silogismo de “Ser de izquierdas es igual a ser comunista, y ser comunista es igual a ser espía”. En los años 50, que fue cuando se llevó a cabo La Caza de Brujas, el cine estaba herido por la televisión, perdía espectadores, esto debilitó uno de los pilares fundamentales en los que se había apoyado la industria, que eso era al fin y al cabo el cine. Pero el sometimiento al que mansamente se doblegaron los estudios, para que de su interior se extirparan toda persona relacionada con las ideas comunistas o de izquierdas, le dio el tiro definitivo de gracia al cine americano. Se recuperaría a duras penas en los siguientes años tanto creativamente como en taquilla. Pero la Caza de Brujas fue la puntilla a unas cotas que costará volver a alcanzar.

