EL DESPROPÓSITO DEL CÓDIGO HAYS (1)
Ay, si es que una vez más tenemos que hablar de la censura en el país de las libertades absolutas: Estados Unidos. Y del dichoso Código Hays, que como ya he dicho por ahí, fue esa manera de autoputearse que se inventaron los estudios de cine, al idear unos parámetros de conducta que afectaban a temática, argumento y desarrollo de las producciones. Reglamento hecho a la medida, para satisfacer las demandas de los sectores más conservadores y reaccionarios (curiosamente en Estados Unidos no se suelen satisfacer las demandas de los sectores liberales). La instauración obligatoria del Código Hays empezó en 1934 y si se hubiera respetado al pie de la letra su máxima advirtiendo que “Ninguna ley –fuera ésta divina, natural o humana- debía ser puesta nunca en ridículo, ni debía nunca generarse ningún tipo de simpatía hacía los que las transgredían” no se habría hecho ninguna película en condiciones. Si por el Código Hays hubiera dependido, nos pasaríamos todo el tiempo que dura Al rojo vivo viendo a James Cageney cogiendo florecillas en su jardín ,o a Humphrey Bogart haciendo tortitas en su casa en los Violentos años 20. El Código Hays fue sobre todo una tortura para todos aquellos guionistas metidos en esa aventura de hacer argumentos para el llamado Cine negro, ya que les imponía los criterios a tener en cuenta si querían describir en sus historias ciertas actividades criminales, tales como el tráfico de drogas, los asesinatos, los suicidios o el secuestro. Vayamos analizando algunas, porque no tiene desperdicio.

Los censores estaban especialmente obsesionados en que en las películas hubiera el menor indicio de que las actividades delictivas eran actividades lucrativas, con las que se podía obtener mayor prestigio social y económico (y ves tu, una cosa que estamos hartos de ver). Así ,en las películas, los criminales no debían aparecer en un “ambiente de lujo, ni usar caros vestidos y conducir suntuosos automóviles”, las recomendaciones llegaban a algo tan paranoico como era el prohibir mencionar en cualquier película las cantidades de dinero exactas obtenidas en cada botín. Así, los censores incluían en los guiones irónicas notas, que más que chistosas eran serias advertencias: “No está mal. Cincuenta mil dólares por treinta segundos de trabajo”. En el hipotético caso de ceder, los censores a menudo negociaban con los guionistas la cantidad de un atraco.
Las armas era otro asunto en el que el Codigo Hays se cebó con las películas de gangster (que los pistoleros las llevaran en los western o cualquiera por la calle tranquilamente, ya era otra cosa, no era tan grave). En este tipo de películas no estaba permitido “La excesiva ostentación de armas por parte de los delincuentes”. Las imposiciones que en algunas ocasiones hicieron los censores eran ridículas hasta lo más ilimitado: se restringía hasta el número de armas por persona, pero no solo eso, sino también el número de disparos, sobre todo si se mataba alguien y curiosamente si os fijáis, en casi todas las películas antiguas americanas a todo el mundo lo matan de un disparo, todos son excelentes tiradores, o a la víctima con una bala, aunque le haya dado en el brazo le sobra. Las metralletas estaban permitidas tras largas negociaciones pero los silenciadores ni de coña. Por último señalar algo que todo el mundo se ha dado cuenta al ver películas de cine clásico americano: nunca hay sangre, ni cuando se le dispara a alguien. El Código Hays era radical en ese aspecto “No hay que mostrar al espectador signos de violencia, la sangre y los cuerpos de las víctimas”.
Lo que no podía prohibir tajantemente el Código era la utilización del asesinato en las películas. Cómo hay una venganza, si no hay muerto, qué investiga el detective, cómo desarrollas una tragedia sin muerte. No podían prohibirlo pero si limitarlos. Ellos determinaban cuantos tenían que morir por película y si tal o cual muerte “era o no necesaria”. La intransigencia estaba normalmente en las películas de gangster porque “el espectador nunca debe ver a un policía morir”. Si les disparaba nunca se debía ver que les habían dado y obligatoriamente tras un tiroteo ,si el gangster presumía de haber acertado, algún actor como “El actor Bob el encasillado” debía de decir luego algo del estilo de “el policía solamente está herido”, o “sólo ha sufrido rasguños”. Un último aspecto del Código respecto a abordar el tema del asesinato, ponía bastante difícil las cosas a los guionistas, arrebatando el que, hasta el día de hoy, es uno de los más importantes argumentos (y por desgracia uno de los principales motores de acción de la humanidad): La venganza. El Código Hays argumentaba que “La venganza era utilizada donde los principios morales y la civilización estaban menos desarrollados, o sea donde no existe la ley”. No hay nada más básico que la venganza, pero curiosamente no existe nada tampoco más “racional”. Los animales no se vengan unos de otros. La venganza es una contradicción de nuestra propia racionalidad: hay que ser racional para vengarse pero todavía mucho más racional para no hacerlo. Por suerte, a la hora de limitar que el cine nos mostrara como seres humanos la Oficina de Censura (u Oficina Breen como era conocida) no tuvo mucho éxito.
Siempre que en las películas el malo se suicida, todos respiramos aliviados, así seguro que no se escapa. No vaya a ser que durante el juicio contrate un buen abogado y se libre. Pues bueno, el Codigo Hays no dejaba ni eso. Calificaba el suicidio como un delito y en las películas “recomendaba que no fuera empleado a menos que fuera absolutamente necesario para el desarrollo del argumento” (ya se sabe, el suicidio siempre con moderación) eso si “Nunca para resolver los problemas de una historia, nunca debe ser glorificado (¿Conocéis alguna película que glorifique el suicidio?, yo no) o utilizado por los personajes para eludir la acción de la justicia”, esto último viene al hilo que comentaba antes: el Código Hays veía con buenos ojos que el malo se suicidara ,pero siempre después de ser juzgado. Los censores también entraron en las técnicas utilizadas para darse muerte a uno mismo, y echaron para atrás cualquier guión que abordara el uso de pastillas para tal fin (un método tan indoloro podría dar ideas). Este aspecto del Código obligó por ejemplo al director Otto Preminger a cambiar el final de magnífica película Cara de ángel (1953) en la que Jean Simmons hace de mala malísima y lleva por el camino de la amargura a Robert Mitchum. Originalmente en el guión el personaje interpretado por el actor decide suicidarse para que acusen a la amante (Simons) de asesinato, cosa que los censores rechazaron. Por suerte, Preminger y su guionista idearon un final que a mi fue lo que más me impresionó cuando vi la película y que paradójicamente si fue aceptado por los inquisidores (no digo cual es).


mc_mardig dijo
Muy buen articulo. Me ha encantado leerlo. :)
9 Febrero 2006 | 12:08 PM