OTROS MUNDOS QUE ESTÁN EN ESTE: LA EXTRAÑA TRIBU

Cuando era pequeño me puse a recoger piedras por la playa en Mojacar y tuve la suerte de atiborrar el cubo de pequeños cantos rodados de colores o cristalinos, que rápidamente enseñé orgulloso a mis padres, que en vez de tirarlo y decirme “Vale nene, vete, llena otro y déjanos en paz”, lo guardaron y al día siguiente aparecieron con una bolsa de piedras de esas que se comen, “Estas son las piedras que cogistes ayer”,dijeron. Me las almorcé feliz sobre todo, porque en aquel instante, nunca jamás en la vida me volvería a ocurrir, creí en que uno puede ir por la playa cogiendo piedras y luego comérselas, y encima no estaban saladas como el mar, sino que eran dulces. Es curioso ,pero ese recuerdo esa ingenuidad de creer en algo que nunca más voy a pensar que es así no se me olvidará jamás. Nos pasamos la jodida vida, dejando de ser inocentes, es necesario para poder sobrevivir, por muy cómoda que sea nuestra existencia. Pero sientes que te quitan algo muy importante cuando pierdes la ingenuidad, cuando creías a palo seco, porque eso y la sabiduría que te da aprender de los palos que te da la vida son cosas que no se olvidan (o no deberían, porque ya se sabe que el ser humano es el único bicho que tropieza dos veces....). Así, no dejaré de recordar lo de las piedras comestibles, como no se me olvidará nunca cuando fuimos aquella noche en Bacares mis primos y yo a cazar gamusinos. ¿Qué carajo son?. Ninguno de nosotros lo sabíamos, cuando nos dirigimos al río armados de cacerolas y en fila india. Nuestros padres, qué cabrones, querían tomarnos el pelo y nos hicieron uno de los regalos más bonitos que un niño se le puede hacer: ver lo que no existe (o no ,quien sabe, gamusinos haberlos ailos) .Desde luego, esa noche todos los vimos e incluso conseguimos cazar unos cuantos.

Probablemente si no hubiera visto Shreck hace unos pocos días no estaría escribiendo estas líneas. De golpe me hizo recordar, que yo, como vosotros, pertenecí a una tribu descrita por Alison Lurie como “semisalvaje, muy antigua, ampliamente extendida, con unas costumbres, hábitos, ritos, folclore y textos sagrados” , ese clan se llamada infancia. Tribu, que los arqueólogos, psicologos e historiadores por mucho que estudien nunca dejarán de conocer. Por desgracia, o por suerte, para sobrevivir tuvimos que abandonarla, vendernos al enemigo e incluso en algunas ocasiones hacer el pacto de olvidar. Dejamos una manera de comprender las cosas que se nos nota cuando le decimos a un niño, que el perro es el gua, gua, como si fuera gilipoyas y no supieran que es un bicho peludo que se rasca la oreja con las patas de atrás. El mundo de los niños no es “el mundo que los adultos deciden que es del de los niños”. Este es un error en el que ha caído cantidad de veces las historias y sobre todo las películas infantiles, situándose a la cabeza Disney. La manifestación espontánea de ese universo, y su entrada en él ,para contar una historia requiere no pocos quebraderos de cabeza una vez que se ha salido de la tribu. La idea extendida de que hay que contarles una historia a los niños (un cuento) como si fueran estúpidos siempre me ha horrorizado. Pero que yo recuerde, ser de la tribu no era fácil, desde fuera se tenía que acatar una disciplina que la mayoría de los casos me era desconocida e instintivamente deseaba desobedecer. Se vive en un mundo que los adultos no comprendían ,pero sobre todo, fue la época en mi vida en la que más íntimamente guardé mis sentimientos, e incluso ahora tengo que bucear mucho para encontrar que viví entonces.

