Retratar la monotonía de las existencias, las hace extrañas por su irreal naturalidad: dos expendedores de helado (o lo que sea), un camarero tocado de marinerito, la pareja que esta de compadreo con éste…Un bar desangelado de artilugios, lejos de los tugurios nocturnos en los que cualquiera intenta camuflarse. Hasta el famoso solitario me parece artificial, cuando en las ciudades la alienación da para llenar miles de locales.
Cada vez que miro este cuadro, siento que la soledad no esta dentro, sino fuera. Y es el contraste, el que va haciendo, casi sin querer, que la escena lentamente cobre vida: la mujer y al hombre, a los que les espera una noche prometedora (quizás juntos, o no, quien sabe), el camarero que les esta poniendo la última copa. Un solitario que podría únicamente estar esperando.
Es de noche y dentro de la ciudad deshabitada explota un exagerado reflejo de la luz, que se mueve y hace sentir a sus habitantes, así lo vio Hooper y lo describiría John Dos Passos en su Manhattan Transfer es “algo que se asemeja a un crepúsculo” y que redondea suavemente los duros ángulos de las calles.
En el interior de un cruce de Greenwich Avenue, cada noche, un visillo de luz se ofrece de guarida. Aunque sólo sea por un instante.
La verdad es que el campo esta este año que se sale. En esta semi-primavera-otoño-o vete tu a saber que carajo es de tiempo que nos esta dejando el cambio climático (y al que tantas pelillas y laureles le esta sacando el señor Gore) , todavía hay árboles que cumplen, que se queman por dentro para arder por fuera, quizás de tristeza por los compañeros caidos en verano, quizás para decirnos a los seres humanos que los bosques saben arder a su manera, natural expontánea y bella. Estas fotos pertenecen al castaño de Jerez del Marquesado (excepto de la del bar que es un local emblemático de Granada) ,las ha sacado un compañero de trabajo, Raúl, que es un fenómeno haciendo fotos y que hasta finales de este mes tiene una exposición junto con otros amigos fotógrafos en el centro cultural de Maracena (Granada).
Una ruta recomendable al cien por cien, que este que os escribe hizo también hace unos meses. Si vais alguna vez, buscar un castaño centenario que es una verdadera joya viviente.
Si te digo que me da miedo dormir,cerrar mis ojos,que se interrumpan los tuyos, vivir este tiempo inerte, reflejo de vientos, sello de estrellas amaestradas ¿me creerás si en sueños te muestro el cielo como en realidad es?, Céfiros enzarzados en abrir una grieta en las alturas, arañas de once patas, fanales que ven el bien y el mal más halla de la conciencia de los tiempos, rasguñadas por soflamas arbóreas y terrenales. Si te muestro el cielo de un hombre al que tienen por loco ¿Me creerás? Sólo permanece a mi lado hilando con finos besos la línea que desborda esta lejanía entre el cielo y la tierra. Al final vendrá la avenencia, la mirada en tus ojos azules. Cuando por fin pueda cerrar los párpados.
“Quería buscar lo sensato también en lo enigmático”, es de lo poco que dejó Van Gogh escrito sobre este cuadro. Y es que estamos ante uno de los lienzos más misteriosos de este pintor. Las pinceladas marcadas, como en este caso, siempre han sugerido que creaba sus obras en un arrebato de inspiración. Pero todos los analistas que se han enfrentado a “La noche estrellada”, obra que lleva hasta los límites su planteamiento de plasmar una realidad que fuese un puro símbolo, se niegan a creer que responda a mero arrebato, y si a una planificación y significado, que todavía lleva de cabeza a los expertos.
De entrada esta construido a partir de un contraste brutal, un cruce nítido entre líneas ondulantes horizontales (el cielo y el horizonte) y otras verticales: los árboles. Los cipreses pintados como lenguas de fuego fue una constante en el pintor desde su reclusión en Saint-Rémy y siempre sorprendió a todos aquellos que se acercaban a la pintura de Van Gogh, el cual nunca entendió el desconcierto “Me sorprende que nadie los haya representado como yo los veo. En cuanto a las líneas y proporciones son tan bellos como un obelisco egipcio”.
Y que me decís de esa noche azul. Quizás uno de los logros de Van Gogh en este cuadro fue pintar una oscuridad en la que el protagonista no era el color negro. De hecho, puede que ni siquiera intentara reflejar la noche: La extraña luna naranja parece dejar paso a un sol, que solo intuimos a través de una gruesa línea amarilla en el horizonte. Ese estado intermedio da lugar a un cielo de líneas estilizada, en movimiento que se mueven unas contra otras. La interpretación mayoritaria de este cuadro es la idea de que en el cielo se libra por la noche una batalla, mientras la humanidad, reposa tranquilamente en sus casas, hay interpretaciones más arriesgadas que van más halla y sostienen que las dos figuras espirales del cielo son el símbolo del yin y el yang, que indican que el pintor no era ajeno al orientalismo que tan en boga se puso a finales del siglo XIX.
Pero lo que más intriga a los expertos son esas once estrellas que hay en el cuadro. ¿Por qué once, qué simbolizan, cuál es su significado? Algunos astrónomos han intentado identificar qué estrellas plasmó Van Gogh en este cuadro. Otros han buscado referentes bíblicos: “He tenido otro sueño: el sol y la luna y once estrellas se postran ante mi” (Génesis 37:9).
Ajeno a todo, una vista de Arles, que es de las raras ocasiones que Van Gogh pintó usando sólo su memoria, reposa tranquilo, esperando el amanecer.
Este cuadro se puede ver en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Todo era oscuridad, inasible, mirar a algo que no guarda respuesta me parecería ahora mismo el mayor de los absurdos, pero no podía quitar mis ojos del consuelo de aquella espera. Y de pronto apareciste. Metafísica, irreal, sosteniendo mi mirada con sentimientos indescifrables de por siglos. ¿Quién eres?, ¿Por qué tus ojos rezuman esa melancolía que me calma? Para luego desaparecer. Miraste un instante y por no pertenecer a ningún lugar ,a ningún momento, por ser poseedora de ningún sentimiento, huiste, inmaterial. Solo él, Vermeer, supo fotografiarte antes de desvanecerte entre las sombras. Encontró la forma de revelar tu rostro con un verismo que dejaría boquiabierto a los fotógrafos del siglo XX, la técnica era inútil ,solo pudo usar el papel de impresión contenido dentro de su alma, tu lo sabias y por eso se lo permitiste. Le permitiste el tiempo justo para moldear con sus pinceles los titilantes puntos de luz de tus sensuales labios, tus ojos, ese exótico turbante y sobre todo esa perla….
Luego la pista de tu rostro se perdió, durante siglos, restándole importancia a aquel momento. Los expertos consideraban que eras un ensayo, un pasatiempo del pintor, aquello que los maestros flamencos llamaban “tronie”, un estudio anatómico de una cabeza sin pretensiones de retrato acabado…Vagas referencias, inventarios, todo es confusión. Ni siquiera se sabe con seguridad quien es el nombre del autor, mientras cada tasador va añadiendo epítetos y convirtiendo el recorrido de esta obra en un misterio hasta el día de su identificación definitiva. En 1888, alguien rescató aquel instante. Se trataba del coleccionista holandés Arnoldus Andries de Tombes, que una vez en su poder y tras haber pagado por ella un precio irrisorio, identificó tu retrato como un Vermeer. Pero tendrán que transcurrir todavía muchos años, para que en 1975 encontremos en un catálogo el nombre definitivo con el que serás conocida por todos: “La muchacha de la perla”.
El misterio de tu existencia crece durante estos últimos años, quizás porque te dejaste atrapar por uno de los pintores más enigmáticos de la historia. Vermeer pertenece a esa gran triada que incluye a Rembrandt y el quizás menos conocido Frank Hals y que durante el siglo XVII revolucionan la pintura holandesa. De Vermeer no se sabe mucho, no dejó más de cuarenta cuadros (conocidos) ,tuvo 11 hijos y su familia sufrió muchas penalidades económicas. Vivió como un artesano, que es lo que en aquella época se consideraban a los pintores, ya que a nadie se le pasaba por la cabeza que sus creaciones fuesen arte. Tras morir cayó en el olvido durante casi 200 años hasta que fue redescubierto en el siglo XIX.
Los expertos creen que tu mirada hacia el pintor es de complicidad, un atisbo de esperanza que durante unos instantes calma la dureza de su existencia frente a tus ojos. Algunos estudiosos afirman que serías real y te llamabas Magdalena, hija de Pieter van Ruijven el principal mecenas de Veermer, otros defienden que eras Maria, la hija mayor del pintor y mas allá hay quien sostiene que quizás fueras una amante...Pero a la hora de escribir tu historia con imágenes, los ojos se pusieron en una novela escrita por Tracy Chevallier, e intuyo que por muchos años serás la criada del artista.
Seas quien seas, ya da igual que cualquier caricia cerca de ti escogiera ser aire y el aire se hiciera tiempo. Un segundo, un instante que no necesita de leyes físicas para ser medido, sino de alguien cuya sensibilidad supiera reflejarlo.
Autor: Johannes Vermeer
Fecha de ejecución: 1665-67
Se puede ver en el museo Maurithuis, en La Haya (Holanda)
Dicen que los arboles tienen ojos...(jadin de Powrscourt a las afueras de Dublin)
El viernes hicieron una fiesta en un apartamento, habia de todas las nacionalidades, franceses, italianos, españoles,... pero de todas las fotos me quedo con esta, en la que posaron todos los coreanos...que arte tiene esta gente posando, me parto...Se monto tal pollo en el apartamento que ya el casero ha prohibido hacer mas fiestas bajo pena de expulsion...que pena, habra que ir a otro.